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DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA
Autor: REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Editorial: ESPASA CALPE
Páginas: 2448
ISBN: 8423968146
Guía imprescindible del idioma
SANTOS SANZ VILLANUEVA
Los nobles ilustrados que fundaron la Real Academia Española se marcaron como principal objetivo la publicación de un Diccionario que sirviera de referencia a los hablantes castellanos. Así surgió esta conocidísima obra cuyos criterios han variado a lo largo del tiempo. La antigua intolerancia normativa ha dado paso con frecuencia a la descripción de usos. Y se ha impuesto una actitud más técnica en la selección y definición de las palabras. A fines del XIX, Clarín no dejaba de reírse de cómo tomaban los académicos las decisiones: se juntan en tertulia, uno dice lo que ha oído en su pueblo y entre todos lo llevan al diccionario. Ahora existe un trabajo previo científico y serio, aunque de resultados mejorables y discutibles.
Por eso, deben subrayarse en primer lugar en la nueva edición del Diccionario académico, la que hace el número 22, las numerosas innovaciones que aporta a la anterior de 1992. El propio "preámbulo" ofrece cifras reveladoras: se han enmendado 55.442 artículos y se han añadido 11.425 entradas y 24.819 acepciones nuevas. Se han hecho otros cambios más, dos muy notables y útiles: se dan bastantes indicaciones relativas a la construcción y se incluye la conjugación de los verbos.
A estos datos hay que añadir lo que quizás sea más distintivo y notable de la presente edición: una nueva sensibilidad. Afecta a la redacción más neutra de muchas voces para evitar definiciones hirientes o clasistas. La corrección política también ha llegado a la Española. Afecta asimismo a la admisión de coloquialismos, neologismos y extranjerismos.
Este último es el aspecto más discutible del Diccionario. Parece como si la Academia se hubiera puesto la venda antes de la herida para evitar el reproche a su tradicional conservadurismo lingüístico mediante un liberalismo a ultranza. Algo así como si a los académicos –que son los quedeciden, por encima de los técnicos– les hubiera entrado la fiebre postmoderna. De ahí viene un relativismo que admite voces no bien asentadas, otras que tienen equivalentes castellanos preferibles y algunos términos del día que acaso no duren dos telediarios. Todo un vuelco de las resistencias precedentes a aceptar palabras quizás efímeras.
Esta vertiente opinable, y hasta polémica, del Diccionario no resta nada a su intrínseca importancia: su fuerza normativa por consenso libremente decidido por los hablantes. Es la mejor garantía para la supervivencia de nuestro idioma y por ello resulta imprescindible para cualquiera que desee hablarlo con propiedad.
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