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EL SUEÑO DE LA HISTORIA
Autor: JORGE EDWARDS
Editorial: TUSQUETS
Páginas: 412
ISBN: 8483101335
Los espejos de la memoria
FERNANDO R. LAFUENTE
Crónica, historia, novela, narración son las diversas formas de contar los pasos justos y medidos de una época, de una voluntad, tal vez, de un anhelo, unos hechos, unos personajes. Pocos escritores son capaces de reunir tan diversos ámbitos en más de 400 páginas. Jorge Edwards lo ha llevado a cabo con 'El sueño de la historia'; título, por cierto, que encierra el juego secreto de la capacidad de contar. Ficción y realidad conforman el imaginario conjetural de la memoria y a ello dedica Edwards la presente obra.
La novela no sólo cuenta los últimos años de Pinochet en Chile, sino la senda secreta de la intrahistoria chilena desde los años finales del siglo XVIII, a través de tres generaciones. Es una historia oculta de continuos espejos que reflejan los años pasados, los tiempos presentes y los dudosos augurios del futuro. ¿Quién duda del componente autobiográfico? El propio Edwards regresó a Chile en 1978. ¿Qué narración no es autobiográfica? Sin embargo, las pinceladas de Edwards arriesgan, en las diversas voces que se manifiestan, un complejo cuadro de costumbres y personajes.
Un viaje en el tiempo del que participan los atisbos ilustrados que llegan al naciente Chile del siglo enciclopédico y se desenvuelven en el rotundo criollismo posterior hasta alcanzar los oscuros días de la dictadura y su crepúsculo. Uno le pide a un escritor, sobre todo, que, mediante el vaivén de las palabras, levante un edificio narrativo tan sólido como el uso del lenguaje le permita. Y en el caso de Edwards el uso de un lenguaje, cuidado, preciso, mimado, contundente e irónico otorgan a esta novela la categoría de fundamental, no sólo para adentrarse, con razón y sentido, en una obra literaria trufada de hallazgos, sino para reconstruir el tentativo perfil de una nación.
La historia se contempla como un sueño del presente como un catálogo de posibilidades. La historia se reescribe a cada instante, el presente se entrega al mero hecho de sobrevivir. Lo curioso es que si uno se empeña en desvelar un sentido oculto, una consecuencia de los hechos anteriores naufragará de manera estrepitosa. Valga el cuidadoso uso literario del narrador, en el que el humor, melancólico y cervantino, se opone a cualquier maniqueísmo de primera mano. Aquí no hay drama, sino memoria. El pasado convoca al presente, y al revés, para enredar en los hilos insoslayables del tiempo la geografía personal de una historia ingrata, de unos días perversos, de una memoria atemorizada.
El narrador convoca a los diversos tiempos que recrea –con precisión espeluznante– la novela, para erigirse en el espectador desasosegado de unos hechos irreversibles. Poco importa la fábula del manuscrito encontrado y las llamadas, retóricas, al lector; porque lo que se dirime, en el fondo y en la superficie de la obra, es el paso del tiempo y la huella que dejan en los personajes, en la nación chilena, las diversas heridas morales que constituyen el poso y el contorno de una inmensa melancolía. En el lenguaje, como en la propia historia, se mezclan, la distancia arcaizante de los tiempos pasados con el objetivismo distante de los días vividos. Ese es el mayor hallazgo de una novela mayor. La historia es sueño y el sueño se pervierte en la historia.
El lector de ahora mismo descubrirá los ocultos itinerarios que conducen a la realidad presente, mediante el conciso relato de una vigilia intemporal. Hasta aquí la literatura ha cumplido su misión. Edwards ha dibujado el mapa de Chile en el tiempo. Lo demás queda en la oscilante nebulosa de lo que pudo ser y de lo que es. El sueño queda concluido.
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